Dice el Señor: "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas de la ciudad"


Apocalipsis 22:13-14

lunes, 11 de octubre de 2010

Estudio Bíblico - La Justicia de Dios



Escrito por Bob Deffinbaugh

Introducción

La justicia de Dios, uno de los atributos más notables de Dios en las Escrituras, es también uno de los más evasivos. Para empezar, separar la rectitud de Dios de Su santidad o de Su bondad, pareciera ser difícil. Además, la rectitud de Dios, es virtualmente un sinónimo de Su justicia:

“Aún cuando la palabra más común para justo en el Antiguo Testamento significa ‘recto’ y en el Nuevo Testamento, la palabra significa ‘igual’, en un sentido ético ambas significan ‘recto’. Al decir que Dios es justo, estamos diciendo que Él siempre hace lo que está correcto, lo que debe hacerse y en forma consistente, sin parcialidad ni prejuicios. La palabra justo y la palabra recto, son idénticas tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. A veces, los traductores le dan preferencia a la palabra ‘justo’ y otras a la palabra ‘recto’, sin razón aparente (cf. Nehemías 9:8 y 9:33, donde es usada la misma palabra). Pero cualquiera sea la palabra que usan, esencialmente significan lo mismo. Está relacionada con las acciones de Dios. Su significado siempre es recto y justo.

La rectitud (o justicia), es la expresión natural de Su santidad. Si Él es infinitamente puro, quiere decir que debe oponerse a todo pecado y esa oposición debe demostrarse en el tratamiento que Él da a Sus criaturas. Cuando leemos que Dios es recto o justo, se nos está asegurando que Sus acciones hacia nosotros, están en completo acuerdo con Su naturaleza santa”30_ftn1

Estas palabras de Richard Strauss, nos llevan muy cerca de una definición concisa de la justicia. La justicia en relación con los hombres, es el sometimiento que tienen hacia un estándar. Contrariamente, Dios no está sujeto a nada fuera de Él. Nadie declara esto mejor que A.W. Tozer:

“A veces, se dice: ‘La justicia necesita que Dios haga esto’, refiriéndose a alguna acción que sabemos que Dios llevará a cabo. Esto es un error, tanto en la forma de pensar como en la de hablar, pues esto postula un principio de justicia fuera de Dios, que le exige actuar de una determinada forma. Por supuesto que no existe tal principio. Si existiera, éste sería superior a Dios, pues sólo un poder superior puede exigir obediencia. La verdad es que no existe tal cosa y jamás existirá algo fuera de la naturaleza de Dios que lo mueva en el más mínimo grado. Todas las razones de Dios, provienen de adentro de Su ser no creado. Nada ha entrado en el ser de Dios de la eternidad; nada ha sido removido y nada ha sido cambiado.

Cuando la justicia es usada por Dios, es un nombre que damos a lo que Dios es, nada más y cuando Dios actúa con justicia, Él no lo está haciendo para ajustarse a un criterio independiente, sino que simplemente actúa en Sí mismo en una situación dada… Dios es Su propio principio auto-existente de equidad moral y cuando Él sentencia a los impíos o recompensa a los rectos, simplemente Él actúa como Él mismo, de adentro; sin ninguna influencia que no sea Él mismo”31_ftn2

Entonces, debemos decir que la rectitud de Dios es evidente en la forma que Él actúa consecuentemente con Su propio carácter. Dios siempre actúa en forma recta. Cada uno de Sus actos es consecuente con Su carácter. Dios es siempre ‘divinamente’ consecuente. Dios no se define con el término ‘recto’más bien este término es definido por Dios. Él no es medido por el estándar de la rectitud; Dios estable el estándar de la rectitud.

Abraham y la Rectitud de Dios
(Génesis 18:16-33)

“Y se acercó Abraham y dijo: ¿Destruirás también al justo con el impío? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él? Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío; nunca tal hagas. El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo? Entonces respondió Jehová: Si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo este lugar por amor a ellos. Y Abraham replicó y dijo: He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza. Quizá faltarán de cincuenta justos cinco; ¿destruirás por aquellos cinco toda la ciudad? Y dijo: No la destruiré, si hallare allí cuarenta y cinco”.

La rectitud de Dios es introducida en la Biblia, en los primeros capítulos del Libro de Génesis. Este atributo es la base de la súplica que Abraham le hace a Dios, por las ciudades de Sodoma y Gomorra. Aquí, Dios es descrito antropomórficamente (en términos humanos), como alguien que ha oído “el clamor contra Sodoma y Gomorra” (versículo 20). Me pregunto de dónde vino ese clamor. Una posibilidad muy viable, es “…libró al justo Lot… quien afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos” (ver 2ª Pedro 2:6-8).

En la terminología judicial de nuestros días, Dios no deseaba actuar sólo sobre la base de lo que se decía. Su intención fue “ir” a esos lugares y ver por Sí mismo si estas acusaciones eran verdaderas. Ahora bien, sabemos que Dios es omnisciente. Lo sabe todo. No necesitaba ‘hacer un viaje a Sodoma y Gomorra’ para ver si estas ciudades eran realmente perversas. Sabía que lo era. Pero desde nuestro punto de vista, Dios quiere que sepamos que Él actúa justamente. Él actúa en base de la información que ya conoce personalmente. Así, cuando Dios juzga a las ciudades, lo hace con plena justicia, pues eran verdaderamente perversas.

Me parece muy interesante que los versículos 17-21 preceden a la intercesión de Abraham por estas ciudades. Dios sabía lo que haría. Lo que se proponía hacer, era recto y justo. Pero quería que Abraham tomara parte en ello. Si Dios iba a actuar justamente, simplemente lo estaba haciendo consecuentemente con Su carácter. Pero involucrar a Abraham, también era ser consecuente con el pacto que había suscrito con él y con la meta de este pacto. El propósito de Dios de haber llamado a Abraham y de haber hecho un pacto con él, está escrito en los versículos 17-19:

“Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra? Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él” (Génesis:17-19; palabras en itálica, del autor).

El propósito de Dios de llamar a Abraham y de hacer un pacto con él, fue para Abraham, mantener los métodos de Jehová haciendo lo recto y justo en aquellas ciudades y enseñar a su descendencia hacer lo mismo. La rectitud es el propósito divino de Abraham y de su descendencia.

Cuando Dios le informó a Abraham que pensaba destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra, éste comenzó a interceder por ellas. Su preocupación era por los justos que podrían vivir en esas ciudades. ¿Cómo Dios podría destruirlas si en ellas vivían hombres y mujeres rectos? Si Dios destruyera tanto a los impíos como a los rectos sin distinción, entonces Él no estaría actuando con rectitud o justicia. Y ciertamente, Dios, como “el Juez de toda la tierra”, debe actuar con justicia (versículo 25).

Abraham comienza a interceder con Dios, a favor de los rectos. Empezando con 50 justos, Abraham le pide a Dios que no destruya estas ciudades si en ella se pudieran encontrar a 50 rectos. Eventualmente, Abraham se vio capacitado (aparentemente así fue) para rebajar el número requerido de justos, hasta llegar a diez (versículo 32). Pero Dios en Su justicia, no actuaría en contra de los impíos de una forma tal que perjudicara a los rectos también. No se compadeció de Sodoma y Gomorra; pero sí lo hizo con Lot y su familia rescatándolos de la ciudad de Sodoma, ante que los ángeles la destruyeran.

Vemos en el Libro de Génesis, el propósito de Dios de llamar a Abraham y a su descendencia: formar un pueblo cuya característica fuera la rectitud y la justicia. Dios no sólo se mostró a Sí mismo recto y justo. También trabajó en la vida de Abraham para demostrar que él era un hombre que amaba la rectitud y la justicia.

La Rectitud de Dios y la Nación de Israel

La rectitud de Dios se observó en todo Su relación con la nación de Israel.

“Entonces Samuel dijo al pueblo: Jehová que designó a Moisés y a Aarón, y sacó a vuestros padres de la tierra de Egipto, es testigo. Ahora, pues, aguardad, y contenderé con vosotros delante de Jehová acerca de todos los hechos de salvación que Jehová ha hecho con vosotros y con vuestros padres” (1 Samuel 12:6-7).

La rectitud de Dios en Su relación con la nación de Israel, tiene varias manifestaciones:

(1) Dios revela Su rectitud, dando a conocer Su voluntad y Su palabra al mundo, a través de la nación de Israel.

“Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque, ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?” (Deuteronomio 4:5-8; ver también Salmo 33:4).

Dios se relaciona con los hombres sobre la base de lo que Él les ha revelado. A menudo le dice a los hombres lo que hará antes del evento, de manera que supieran que Dios es Dios y que Él ha cumplido con lo que ha prometido:

“Proclamad, y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí” (Isaías 45:21).

Lo que Dios no ha revelado, no requiere ser conocido (ver Deuteronomio 29:29). Todo lo que es necesario para “participar de la naturaleza divina” nos ha sido revelado (ver 2ª Pedro 1:4), por lo que estamos completamente equipados (2ª Timoteo 3:14-17).

(2) Dios revela Su rectitud, instruyendo a los hombres en Su palabra.

“Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará a los pecadores del camino” (Salmo 25:8).

A menudo esta instrucción a través de los sacerdotes levitas (Levítico 10:11; Deuteronomio 24:8; Nehemías 8:9; 2 Crónicas 17:7-9), o a través de profetas como Moisés (Deuteronomio 4:1, 5, 14; Éxodo 18:20).

(3) Dios revela Su rectitud, cumpliendo Sus promesas.

“Y hallaste fiel su corazón delante de ti, e hiciste pacto con él para darle la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del gergeseo, para darla a su descendencia; y cumpliste tu palabra, porque eres justo” (Nehemías 9-8; énfasis del actor).

(4) Dios revela Su rectitud, juzgando a los enemigos de Israel.

“Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos” (Éxodo 9:27).

“Delante de Jehová que vino; porque vino a juzgar la tierra. Juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad” (Salmo 96:13).

De la misma manera, Dios se muestra a Sí mismo como recto, cuando juzga a la nación de Israel debido a su pecado y desobediencia:

“Cuando Roboam había consolidado el reino, dejó la ley de Jehová, y todo Israel con él. Y por cuanto se habían rebelado contra Jehová, en el quinto año del rey Roboam subió Sisac rey de Egipto contra Jerusalén, con mil doscientos carros, y con sesenta mil hombres de a caballo; mas el pueblo que venía con él de Egipto, esto es, de libios, suquienos y etíopes, no tenía número. Y tomó las ciudades fortificadas de Judá, y llegó a Jerusalén. Entonces vino el profeta Semaías a Roboam y a los príncipes de Judá, que estaban reunidos en Jerusalén por causa de Sisac, y les dijo: Así ha dicho Jehová: Vosotros me habéis dejado, y yo también os he dejado en manos de Sisac. Y los príncipes de Israel y el rey se humillaron, y dijeron: Justo es Jehová” (2 Crónicas 12:1-6)

“Oh Jehová Dios de Israel, tú eres justo, puesto que hemos quedado un remanente que ha escapado, como en este día. Henos aquí delante de ti en nuestros delitos; porque no es posible estar en tu presencia a causa de esto” (Esdras 9:15).

“Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti. Oh Jehová nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos” (Daniel 9:7-8).

(5) Dios revela Su rectitud, en la forma que gobierna.

“Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino” (Salmo 45:6).

“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro” (Salmo 89:14; ver también Salmo 97:2).

(6) Dios revela Su rectitud, en Su odio y en Su ira.

“Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece” (Salmo 11:5).

“Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días” (Salmo 7:11).32

(7) Dios revela Su rectitud, en la protección entregada a los pobres y a los afligidos.

“Yo sé que Jehová tomará a su cargo la causa del afligido, y el derecho de los necesitados” (Salmo 140:12; ver también Salmo 12:5; 82; 116:6ss.).

(8) Dios revela Su rectitud, cuando muestra Su misericordia y compasión.

“Clemente es Jehová, y justo; sí, misericordioso es nuestro Dios” (Salmo 116:5).

“Por tanto, Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto, será exaltado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios justo; bienaventurados todos los que confían en él” (Isaías 30:18).

(9) Dios revela Su rectitud, al salvar a los pecadores.

“Jehová ha hecho notoria su salvación; su diestra lo ha salvado, y su santo brazo. Jehová ha hecho notoria su Salvación; a vista de las naciones ha descubierto su justicia. Se ha acordado de su misericordia y de su verdad para con la casa de Israel; todos los términos de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios” (Salmo 98:2-3).

“Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Isaías 53:11).

Creo que este es un aspecto muy significativo de la rectitud de Dios. Él es recto cuando salva a los pecadores. Con tanta frecuencia pensamos que la rectitud de Dios se revela en Su juicio a los pecadores y en Su misericordia al salvarlos. Las Escrituras enseñan que la rectitud de Dios es la causa de ambas: la condenación y la justificación. Es tanto justo al salvar a los pecadores como misericordioso y compasivo. Dios es recto en todas las relaciones que sostiene con los hombres; en realidad en todo Su quehacer.

La rectitud y la justicia de Dios, no son un asunto secundario, sino de vital importancia. La rectitud y la justicia de Dios, es el principio que guía al pueblo de Dios. Cuando los profetas del Antiguo Testamento, intentaron resumir la esencia de la enseñanza del Antiguo Testamento, con relación a la conducta del hombre, concluyeron que los hombres deberían practicar la rectitud o justicia:

“Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas. Y si me ofreciereis vuestras solemnidades y vuestras ofrendas, no los recibiré, ni miraré las ofrendas de paz de vuestros animales engordados. Quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos. Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo”. (Amós 5:21-24).

“¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará Jehová de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:6-8).

Al resumir lo que era la misma esencia de la Ley del Antiguo Testamento, Amós y Miqueas hablan primero de la justicia y de la rectitud de Dios. Dios no está interesado en que haya un obedecimiento legalista de la Ley, aunque haciéndolo se pudiera hacerse recto a sí mismo. Dios tiene interés en que el hombre busque conocer Su corazón y agradarle haciendo aquello en lo cual Él se deleita y que Él hace.

La Justicia de Dios en el Nuevo Testamento

Si la rectitud y la justicia son el corazón de la Ley del Antiguo Testamento, también son el corazón de la disputa entre Jesús y los escribas y fariseos.33 En el principio mismo de Su ministerio terrenal, Jesús comenzó a contrastar Su interpretación de las enseñanzas del Antiguo Testamento sobre la rectitud con la que impartían los escribas y los fariseos. En realidad, Jesús no dio una ‘nueva’ interpretación de la justicia o de la Ley, más bien quiso reestablecer la comprensión adecuada de la justicia, tal como la Ley y los profetas la enseñaba. De esta manera, Jesús usó la fórmula reiteradamente: “Oísteis que fue dicho…” (Lo que los escribas y fariseos enseñaban…). “Pero yo os digo…” (Lo que el Antiguo Testamento pretendía enseñar, es…).

Los escribas y los fariseos creían que ellos determinaban el estándar de la rectitud. Creían que ellos, entre todos los hombres, eran justos. Jesús los impactó en gran manera, cuando dijo:

“Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Marcos 5:20).

Estaba claro que si los escribas y fariseos no eran capaces de mostrar justicia suficiente por sí mismos, nadie podría. El estándar de la justicia que la Ley presentaba, era aún mayor que la de los escribas y fariseos. Nadie era lo suficientemente justo para llegar al cielo. Qué golpe para los que se creen santos, que pensaban que ya tenían sus sillones preparados en el reino.

Si Jesús impactó a Su audiencia al decir que quienes eran aparentemente los más rectos, no entrarían en el reino con esa clase de rectitud, Él también los impactó al decirles quienes serían ‘bendecidos’ con la entrada al reino: aquellos que tanto los escribas como los fariseos pensaban que eran indignos del reino. Los bendecidos no eran los escribas y fariseos, sino los ‘pobres de espíritu’, ‘los que lloran’, ‘los mansos’, ‘los que tienen hambre y sed de justicia’, ‘los misericordiosos’, ‘los de limpio corazón’, ‘los pacificadores’ y ‘los que padecen persecución por causa de la justicia’; es decir por causa de su relación con Jesús (Mateo 5:3-12).

Jesús enseñó que la justicia verdadera, no es la que el hombre considera como tal en relación con su apariencia externa, sino la que hace Dios basado en la evaluación del corazón:

“Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominable” (Lucas 16:15).

Los escribas y fariseos, quienes pensaban que eran sabios debido a la rigurosa preocupación que daban a asuntos externos, comprobaron lo que creían se oponía completamente a los juicios de Jehová:

“Así también vosotros por fuera, a la verdad. Os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres! ¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno? Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificareis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad; para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar” (Mateo 23:28-35).

En el Sermón del Monte, Jesús hizo advertencias sobre las cosas externas y el ceremonialismo.

“Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 6:1).

De acuerdo a Jesús, la rectitud verdadera es absolutamente diferente de la rectitud de los escribas y fariseos. La rectitud falsa, es medida por los hombres basados en lo externo. La rectitud es juzgada como tal, por Dios de acuerdo a Su Palabra. Por lo cual, los hombres deben tener cuidado al intentar juzgar la rectitud de los demás (ver Mateo 7:1). Aquellos cuyas obras indican que eran rectos, eran aquellos a quienes Dios no los reconoció como hijos Suyos (Mateo 7:15-23). Aquellos que aparentemente eran rectos, no lo eran y aquellos que no parecían serlo según el judaísmo de esos días, bien pudieron haberlo sido.

No es de sorprender entonces, que Jesús no fue considerado como recto por muchos judíos, sino como un pecador.

“Entonces algunos de los fariseos decían: Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer esas señales? Y había disensión entre ellos” (Juan 9:16).

“Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador. Entonces él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:24-25).

La gran división que se produjo entre los judíos, estaba por sobre si Jesús era o no un hombre pecador (ver Juan 10:19-21).

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, no dejan duda alguna en nuestras mentes sobre si el Señor Jesús era justo. El profeta Isaías hablo del Mesías que habría de llegar, como “El Justo”, quien “justificará a muchos” (Isaías 53:11). Jeremías hablo de Él, como “el Renuevo Justo” (Jeremías 23:5). Cuando Jesús fue bautizado, fue para “cumplir toda justicia” (Mateo 3:15). Tanto la mujer de Pilatos (Mateo 27:19), como el soldado al pie de la cruz (Lucas 23:47), reconocieron Su justicia en el momento exacto en que los hombres le estaban condenando.

De la misma manera los apóstoles fueron testigos de la justicia de Cristo.

“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1ª Juan 2:1).

“Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él” (1ª Juan 2:29).

La justicia de Dios es particularmente importante en relación con la salvación. En Romanos 3, Pablo señala que Dios no sólo justifica a los pecadores (esto es, Él los declara justos); sino que también se demuestra que es justo (recto) en el proceso:

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto en su paciencia los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin obras de la ley” (Romanos 3:21-28).

Los hombres han fracasado en vivir según el estándar de justicia establecido por la Ley (Romanos 3:9-20). Dios es justo al condenar a todos los hombres a la muerte, pues todos sin excepción, han pecado y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Todos los hombres merecen la muerte, debido a que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Dios es justo al condenar a los impíos.

Pero Dios también es justo cuando salva a los pecadores. Como lo expresa Pablo, Él es “justo y justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 6:26). ¿Cómo es esto? Dios es justo porque Su ira justa ha sido satisfecha. La justicia se cumplió en la cruz del Calvario. Dios no rebaja los cargos contra los hombres; Él no cambió el estándar de la rectitud. Dios vertió toda de Su ira justa sobre Su Hijo en la cruz del Calvario. En Él, se cumplió la justicia. Todos los que en Él creen por fe, son justificados. Sus pecados son perdonados, porque Jesús pagó el precio en totalidad; Él sufrió toda la ira de Dios, en lugar del que pecó. Y los que rechazan la bondad y misericordia de Dios en el Calvario, deben pegar el precio de sus pecados, porque no aceptaron el pago que Jesús hizo por ellos.

La cruz del Calvario, cumplió una salvación justa para todos los que la recibieron. Pero también sabemos que sólo aquellos a quien Dios ha elegido —los ‘elegidos’— se arrepentirán y creerán en la muerte de Cristo por ellos. Esto origina otra pregunta con relación a la justicia divina. Después de haber enseñado claramente la doctrina de la elección divina, Pablo pregunta cómo se concilia la elección con la justicia divina y después da la respuesta:

“No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: en Isaac te será llamada descendencia. Esto es: no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes. Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jehová amé, mas a Esaú aborrecí. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece. Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo a los judíos, sino también a los gentiles?” (Romanos 9:6-24).

Se asume que la elección divina ha sido enseñada por Pablo, como un hecho bíblico. Si no fuera así —tan claro como lo es— Pablo no se hubiera referido al tema. Y si la elección no existiera, simplemente él se hubiera sacado de encima la pregunta, considerándola ilógica e irrazonable. Pero Pablo asume la verdad de la elección y la posibilidad que algunos pudieran objetar considerando que ésta haría que Dios fuese injusto. Lo primero que hace Pablo, es censurar a los que se atrevan a juzgar a Dios y pronunciarse sobre su justicia. ¿Cuán presuntuoso puede ser el hombre? ¿Puede Dios pararse frente al estrado para ser juzgado por el hombre? ¡Por supuesto que no!

Como se ve en el Capítulo 3, Dios ha actuado justamente al condenarnos a todos y en Cristo, aquellos que fueron justificados han sido castigados y después elevados a una novedad de vida. También es Dios recto al juzgar a todos aquellos que han rechazado Su oferta de salvación en Cristo. Dios sería injusto, sólo si dejara de lado la justicia sin que ésta sea cumplida en Cristo, ya sea por Su muerte sacrificial en Su primera venida o por Su juicio al mundo no creyente en Su segunda venida.

La gracia divina, la gracia por medio de la cual Dios salva a los hombres de sus pecados, no se alcanza sobre la base de los méritos de los hombres, sino a pesar de los pecados del hombre. La gracia, como después la analizaremos en otros mensajes, es conferida soberanamente. Dios sería injusto, sólo si no derramara Sus bendiciones sobre los hombres que la merecieran. Por cuanto Dios es libre para otorgar bendiciones no merecidas a cualquier pecador. Él puede elegir; Dios no es injusto al salvar al peor de los pecadores y al no elegir para salvación a otros pecadores. Dios no le debe la salvación a nadie y por tanto, Él no es injusto por salvar a algunos y no elegir a otros.

Las buenas nuevas del evangelio, es que la salvación por la gracia se ofrece a todos los hombres y por medio de la justicia de Jesucristo, los hombres pueden ser perdonados de sus pecados y ser considerados rectos:

“Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Corintios 5:20-21).

Conclusión

Si el pecado es la manifestación de nuestra injusticia y sólo podemos ser salvos a través de una justicia que no es nuestra —la rectitud de Cristo— entonces el pecado extremo es la auto-justicia. Jesús no rechazó a los pecadores que vinieron a Él buscando misericordia y salvación; Él rechazó a aquellos que eran demasiado rectos (a sus propios ojos), para necesitar justicia. Jesús vino para salvar a los pecadores y no a los que eran justos a sus propios ojos. Nadie está demasiado perdido como para no ser salvo. En los Evangelios, aquellos que creían ser los más rectos, fueron los con nuestro Señor juzgó como malvados e impíos.

Si nos encontramos entre quienes han reconocido su pecado y confiaron en la rectitud de Cristo para nuestra salvación, la rectitud de Dios es una de las verdades más grandes y consoladoras que debiéramos abrazar. La justicia de Dios significa que cuando Él establezca Su reino en la tierra, será un reino caracterizado por la justicia. Él juzgará a los hombres en rectitud y reinará en rectitud.

No necesitamos preocuparnos por los malvados de nuestros días, que al parecer salen adelante con el pecado. Si amamos la rectitud, ciertamente no nos atreveremos a envidiar a los malvados, cuyo día del juicio les espera (ver Salmo 37; 73). Su día del juicio, les está llegando rápidamente y la justicia prevalecerá.

Si estamos concientes que la verdadera rectitud no debe ser juzgada de acuerdo a los estándares externos y legalistas y que el juicio le pertenece a Dios, no nos atreveremos a preocuparnos de juzgar a los demás (Mateo 7:1). También debemos considerar que el juicio comienza en la casa de Dios y por lo tanto, debemos estar prontos a juzgarnos a nosotros mismos sin obviar aquellos pecados que son una ofensa a la rectitud de Dios (ver 1ª Pedro 4:17; 1ª Corintios 11:31).

La doctrina de la rectitud de Dios, significa que nosotros, como Sus hijos (si es usted cristiano), debemos buscar imitar a nuestro Padre celestial (5:48). No debemos buscar la venganza en contra de aquellos que pecaron en contra nuestra; debemos dejar la venganza a Dios (Romanos 12:17-21). Más que buscar quedar igualados, suframos la injusticia del hombre, al igual que nuestro Señor Jesús, que Dios pueda llevar a nuestros enemigos al arrepentimiento y a la salvación (Mateo 5:43-44; 1ª Pedro 2:18-25). Y oremos, tal como nos lo instruyó, para que en el día cuando la rectitud reine, sea posible:

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10).


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30 Richard L. Strauss, The Joy of Knowing God, (Neptune, New Jersey: Loizeaux Brothers, 1984), p. 140.

31 A.W. Tozer, The Kingdom of the Holy, pp. 93-94.

32 Cuando Dios está enojado, también es justo. La Biblia no enseña: “No te enojes y peca”. Más bien enseña que hay momentos en debemos enojarnos (al igual que Dios); pero no dejemos que la ira nos conduzca al pecado. Existe una ira santa, que no es pecado. A veces pecamos por no enojarnos contra el pecado.

33 Ver, por ejemplo Mateo 23; Lucas 16:15; Filipenses 3:1-11.

Que Dios les bendiga.

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